OPINIÓN; El sentipensar de la política como fiesta

24.05.26.  Por Diego Ramos, Politólogo.  El pensamiento occidental —ese que todavía intenta colonizar nuestros espacios y nuestras cotidianidades— se fundó sobre una piedra fría: “Pienso, luego existo”. Un ego aislado, encerrado en su propio cráneo, que mira al mundo como una mercancía o un problema matemático. Pero desde este rincón santiagueño, desde las venas abiertas de nuestra América Latina, nosotros respondemos con otra verdad, una más antigua y más humana: sentipensamos. Sentimos y, luego, pensamos.

El sentipensar no es una ocurrencia poética; es una categoría ética, política, mística y liberadora fundamental. Es la razón que baja al corazón y se deja conmover por el dolor del otro; es el deseo de abrazar lo que nos duele, nos preocupa o nos angustia junto a los demás.

Hoy asistimos a una batalla cultural encarnada en Javier Milei, quien diseña un bombardeo mediático de misiles teóricos y mercenarios del análisis político. Estos pensadores tiran a mansalva razones y justificaciones de por qué es bueno padecer, estar ajustados y desamparados. Para ellos, hay que pensar y, si queda tiempo, existir. Esa es la cultura de la muerte de La Libertad Avanza.

Por eso, cuando los tecnócratas de turno nos quieren vender una política fría, puramente técnica, hipercalculada e indolente, lo que están haciendo es vaciar la mística de la comunidad. Eso no es política; es la administración de la crueldad por parte del «señor de los cielos».

Nuestra realidad es trascendental, sí, pero esa trascendencia se encarna acá abajo. Nuestra realidad tiene politicidad. Hay una demanda que brota de la propia naturaleza de la política: o es buena y justa, organizando la vida colectiva para que todos quepan, o es simplemente opresión. La política nace ahí: en el «entre-los-hombres», en el tejido comunitario que se reconoce vivo.

La política es una fiesta porque trata, fundamentalmente, del estar juntos. Es la celebración de una comunidad que antepone su indomable voluntad de vida frente a todo lo que intenta arruinarle el baile. No hay mayor fiesta que la de la dignidad recuperada, esa que exige la materialidad de la vida a través de políticas económicas de bienestar.

El neoliberalismo no solo busca el gran triunfo económico de unos pocos, sino también un triunfo antropológico. Intentan empujar a nuestra sociedad hacia lo “apolítico”, hacia ese individualismo rancio donde cada quien sobrevive como puede, masticando la frustración de pensar que nada tiene sentido y que la historia ya está escrita. Nos quieren tristes, aislados y resignados.

Esa es la verdadera batalla cultural de la derecha: implantar la cultura de la muerte. Una cultura que rinde culto al dinero, que descarta a los vulnerables y que destruye la trama comunitaria para que quedemos indefensos. Ellos van a la caza del sentipensar; quieren extirparnos la empatía para que callemos ante la injusticia.

No debemos pensar lo que ellos quieren que pensemos para existir como ellos quieren que existamos. Nuestro sentipensar nos lleva a sentir y a pensar en comunidad política. No se puede clausurar la vida de un pueblo que aprendió a encontrarse. Frente a sus discursos de odio y su racionalidad instrumental, nuestra respuesta es la comunidad organizada, el abrazo militante, la memoria de nuestros mártires y la convicción de que la vida siempre le gana a la muerte.

La política no es el arte de lo posible para unos pocos; es la fiesta de los muchos que deciden que la vida sea buena, justa y compartida. Que sigan con sus planillas y sus amenazas. Nosotros seguimos bailando, resistiendo y transformando la realidad, porque la alegría del pueblo es una trinchera inexpugnable, el verdadero lugar de la política.

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